viernes, 27 de junio de 2025

Soledad en el apocalipsis





Soledad a oscuras

A lo lejos, en medio del desierto, León miraba el polvo que levantaba el camino de las almas. Una a una se agolpaban con desesperación para cruzar aquella enorme puerta, porque un relámpago anunció el final. Pero el desenlace no fue anunciado con trompetas, así como cuentan los escritos antiguos, ni tampoco con sonidos de instrumentos arcaicos, era un espíritu con micrófono que se desgarraba la voz para anunciar el final y el conteo hacia la extinción. El sonido del altavoz atravesaba el desierto. 

Mientras todas las almas tropezaban con ansia de salvación, por alguna razón el hombre llamado León creía en su propio destino y no corrió, no se movió y por eso fue vilipendiado. "Aléjate" le gritaron.

León se sentó para ver la estampida y la estela polvorienta que dejaba. La piel del hombre se tornó azul, había confusión en su interior y con el pasar de las horas sintió el frío de la soledad. En medio de una duna se hizo la noche y cerró los ojos; al día siguiente, volvió a ver y no era el único que estaba en aquel lugar. "Aquí nos quedaremos hasta el final", les dijo a todos los hombres y mujeres de color azul.   


Soledad en la luz

Con el segundo relámpago se cerró la puerta, el desierto quedó atrás, el altavoz calló y la multitud celestial, camino al encuentro con el general, gritó al unísono: "somos uno solo", pero a los oídos de Sultán, un hombre temeroso y religioso, era una algarabía, no entendía el lenguaje común y, poco a poco, sus piernas se debilitaron; en cuestión de minutos se separó del grueso del ejército. 

Sultán creía en la gente y era obediente, pero no podía seguirle el paso al resto y, junto a unos pocos más, quedó petrificado en una especie de estepa. Todos se miraban sin hablar, estaban vestidos pero sentían frío, estaban juntos pero sentían soledad, les costó emitir un sonido porque sentían miedo. Mucho miedo. 

Entonces Sultán logró hablar: "¿no se suponía que, en el final de los tiempos, no sentiríamos miedo?"


Soledad final

Ángel, un hombre de mucha fe, recibió su nuevo cuerpo y se conectó a una especie de red. Poco a poco la vieja armadura cedió y su alma se unió a una extensión de la luz. Le entregaron una espada, una armadura blanca y un escudo, todo en una perfecta armonía. Ya no era un individuo, era parte de las fuerzas armadas que marchaban de regreso a la puerta, pasaron por la estepa a donde estaban las estatuas vivientes, entre ellas destacaba Sultán con sus ojos aterrorizados, y cuando se asomaron a la puerta vieron el desierto, ahí estaba un ejército de hombres azules, entre ellos León. Ángel, con asombro, se reconoció en ellos porque había sido uno de ellos.

El hombre con armadura blanca, en nombre de su general celestial, se colocó en la primera línea de ataque levantó su espada y corrió hacia los hombres azules que solo tenían flechas y lanzas. Destruyó a muchos, que sangraron como él sangró una vez, hasta que una flecha lo alcanzó y atravesó su pecho. Ángel cayó del caballo y quedó tendido mientras ambos ejércitos seguían la batalla a varios metros de su cuerpo. Sabía que estaba herido de muerte, solo que no sentía dolor físico, lo que le entristeció fue que los hombres azules sí sangraban, gritaban y sufrían; Ángel, el hombre de fe, que estaba bien armado, sintió soledad y tristeza al estar lejos del ejército al que pertenecía. 

Y antes de morir alcanzó a preguntarse: "¿Por qué me siento tan triste? ¿Quién soy entonces?"


Más allá de la soledad

De boca en boca se comparte aquella historia heroica, sobre los pocos guerreros que quedaron en pie y construyeron su porvenir. Ninguno de ellos experimentó la soledad nunca más... y por fin fueron libres. 

 

sábado, 19 de abril de 2025

Una pausa antes de la misión




Volví a casa. 

Abracé el momento de la sinceridad, del reflejo fiel y la desnudez. 
Pensé que me había perdido en la muchedumbre, en el paso a paso de los sonámbulos. Nunca dejé el ruido del todo, siempre se mantuvo el gusto de la introspección o la locura de los ideales, solo que ya me preocupaba sentir comodidad, un cierto placer básico que produce el pasar del tiempo.

Transité en las vías de lo correcto. Me senté con los que visten de bondad y comí con los que compraron el título de sabios. Y ahí estaba yo, el sobre pensador de día y pecador de la noche, me veía acorde y no compré un asiento para tan excelsa reunión, simplemente entré por la puerta portando el traje de bueno. 

En las reuniones de lo políticamente correcto, a donde encaja la mayoría, a donde la cortesía te proporciona una existencia cómoda, ahí estaba este maestro de la crisis, brindando ante todos, pero preocupado por dentro. "¿Este es mi nuevo hogar?", pensé mientras sonreía.

Me despedí de todos prometiendo volver. Eran pocas las probabilidades de cumplir la promesa, no es necesariamente una mentira, no lo creo, solamente que soy más completo en el sendero menos transitado. Con cada paso hacia la salida me sentía tranquilo, entre la multitud la desnudez es una humillación, no hace falta alimentar a las fieras  

¿Cuántas veces me liberé para volver a caer en cierta forma de esclavitud? He perdido la cuenta, pero entre más sucede menos me siento atado, pareciera que cada liberación suma para la total independencia venidera. Espero que así sea y terminar mis días sin aquellos apegos clásicos, y ciertamente negativos, que ofrece la existencia.

Caminé a casa bajo la lluvia, a diferencia de otras caminatas bajo el agua, esta vez no era un momento más, no, era solamente una pausa, un paso necesario de una transición inevitable. Abrí la puerta y abracé el silencio, que por cierto ya me tenía todo preparado para confeccionar el traje para el porvenir. 

He vuelto a casa para recargar el espíritu. Y no hay nada más liberador que abrazar a tus propias sombras y tomarse un café con ellas para reír a carcajadas, o quizás para debatir un poco sobre lo interesante de ser un extraño entre conocidos, un entendido que entre más se busca en el interior y se trabaja el ser, menos atractivo es el exterior.